Parece que va a llover

Tres días casi seguidos, I am agog, I am aghast. Am I being constant at last?
No lo creo, pero el caso es que he aquí el tercer ejercicio de escritura de Literautas (Si alguien quiere echarles un ojo, están todos aquí ). En esta ocasión el reto consistía en escribir un texto de al menos 500 palabras a partir de la frase "Parece que va a llover". Lo primero que me vino a la cabeza fueron experimentos científicos a punto de colapsar, pero al final ha acabado convirtiéndose en un one shot de Les Miserables. Así que bueno, por aquí lo dejo. 
Y recordad, buenas gentes, que cualquier persona decente dedica al menos el 10% de su tiempo libre a criticar a Marius por ser un grandísimo zopenco.
Eso es todo, ¡Buenos días, buenas tardes y buenas noches!

—Parece que va a llover.
—Tan avispado como siempre, compañero— respondió Éponine mientras veía cómo los pesados goterones empezaban a oscurecer las baldosas de la plaza en la que se encontraban. Estaba sentada en un banco de piedra, bajo una pérgola desnuda. A su lado, un joven delgado de pelo negro y ondulado, vestido con una fina camisa y un chaleco verde oscuro, miraba al cielo de cemento mientras tamborileaba distraído sobre una botella de vino casi vacía.
La chica se levantó, calándose la gorrilla de tela que llevaba y encogiéndose en su largo abrigo marrón, y le hizo un gesto con la cabeza a su acompañante.
—Vámonos, R. Podemos quedarnos un rato en tu casa, pero no me agradaría nada morir de pulmonía por culpa de esta lluvia.
—Comme tu veux, mademoiselle.— Grantaire se puso en pie haciendo una reverencia exagerada y guardando la botella en un bolsillo de su chaleco.
Dejaron la plaza y recorrieron una avenida amplia y cuidada, flanqueada por tilos a ambos lados y con faroles de gas proyectando su luz sobre las gotas que caían a su alrededor. La tormenta arreciaba cada vez más, y muy pronto los dos jóvenes estaban corriendo para evitar mojarse. Abandonaron la calle principal y llegaron a una zona más oculta de la ciudad, con calles más estrechas y menos iluminadas, donde el agua lo tenía más complicado para infiltrarse. Recorrieron callejones, bajaron escaleras y saltaron vallas, moviéndose con la seguridad que da la costumbre por el laberinto de madera y adoquines, bajo un mar de tejados de pizarra brillante por la lluvia que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Tras unos minutos llegaron al fin a un edificio humilde de dos pisos, en el que entraron apresuradamente cerrando la puerta tras ellos. Subieron por unas gastadas escaleras de madera, haciendo crujir los escalones a su paso, y cuando alcanzaron la buhardilla, Grantaire sacó la llave que tenía colgada al cuello y abrió la puerta. Su hogar consistía en una habitación rectangular con una pequeña ventana que daba a la calle. El mobiliario lo conformaban una mesita redonda con una silla de mimbre, un sofá deshilachado y un camastro en una esquina. El resto del espacio libre estaba ocupado por lienzos, caballetes, trapos, cajas de pigmentos y pinceles, diseminados en ordenado desorden.
Éponine corrió a tumbarse en el sofá antes de que Grantaire le quitase el sitio, y éste puso los ojos en blanco.
—¿Eres consciente de que ésta es mi casa, verdad, Ponine?
—Por supuesto, R. Y no dudo de que un caballero como tú le cederá el asiento a una dama como yo.
—Tienes de dama lo que yo de caballero.— Grantaire sacudió la cabeza riendo, mientras se echaba sobre las mantas de la cama.
Se quedaron en un cómodo silencio, con la mirada perdida en el techo, navegando cada uno en sus propios pensamientos. Al cabo de un rato, Éponine habló con voz queda.
—¿Qué pasará mañana, R?
Grantaire pensó la respuesta durante unos momentos.
—Pasarán muchas cosas. Pasará una comitiva. Pasará un muerto en una caja, mientras otros muchos muertos que aún no están dentro de sus cajas lo saludarán y honrarán. Pasarán las horas hasta que termine de pasar el cinco de junio. Y nosotros pasaremos a mejor vida.
—¿Nosotros? ¿Significa eso que te unirás a nuestra causa? Vaya, sabía que los discursos de Enjolras inflamaban los corazones, pero que hayan llegado al tuyo me parece asombroso.—comentó Éponine sarcástica—  De todas formas, creo que él será el primero en ejecutarte como digas estas cosas en medio de la barricada.
—¿Sí? Sí, seguramente tengas razón. No es que me importase que lo hiciera, la verdad, me ahorraría la vista de todo lo que viniese después. Te seré sincero, Ponine. No me estoy uniendo a vuestra causa. Sigo pensando que es un sinsentido y que lo único que lograréis será hacer que huela a pólvora por la mañana.
—Si tan estúpido es, ¿Por qué nos acompañas? ¿Por qué no te quedas aquí a salvo, con tus cuadros y tu pesimismo?
A estas preguntas siguió un largo silencio, y cuando Grantaire habló, su voz había perdido el tono de dejadez, por primera vez en años, el artista se había puesto serio.
—Porque eso no es una opción, Éponine. Mira a tu alrededor. Mira los cuadros. Ahí estás tú, a la orilla del Sena. En ese otro Enjolras dando un discurso. Les Amis cenando en el Musain en el aniversario de la publicación de la Enciclopedia. Esa es mi vida, Éponine. Esa gente es mi vida. Podría quedarme en la cama mañana, pero ¿en qué mundo me levantaría? ¿En qué llenaría las horas? Podría vivir sin las reuniones, sin vuestros debates interminables, sin sentarme en una esquina a admirar a Enjolras. Podría hacerlo. Pero la vida ya es lo bastante penosa ahora mismo. No creo en vuestra causa. No va a significar nada en la historia. Pero vosotros habéis tomado vuestra decisión, habéis decidido que mi vida terminará mañana entre sangre y banderas. Podría seguir viviendo sin vida. Pero no quiero.
Dicho esto, extendió el brazo y apagó la única vela que iluminaba la estancia.
—Buenas noches, Ponine. 

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